martes, 27 de septiembre de 2005

Nana de la niña coja

Una niña coja llegó a un país extraño en el que se hablaba un idioma diferente. Aterrizó en una ciudad grande y la niña, entusiasmada, se puso a caminar. Pero, puesto que sólo tenía una pierna y su pie estaba más acostumbrado a la tierra que al asfalto, se cansaba enseguida.

Pasaron los días y la niña estaba cada vez más cansada y entristecida. Si seguía así, no podría salir nunca del centro de la ciudad y caminar por los barrios, barriadas y suburbios que ella tanto ansiaba conocer.

Así que decidió hacer uso de la amplia oferta de líneas de colectivos que surcaban raudos la ciudad de extremo a extremo, uniendo en su recorrido barrios que de otro modo serían totalmente irreconciliables.

La niña se acercó a la parada del colectivo más cercana y se sentó a esperar. A los pocos minutos, aparecieron tres colectivos en el horizonte que se acercaban furiosos a la pequeña mano que la niña coja agitaba en el viento para llamar su atención. Uno a uno, los colectivos aminoraron el paso justo al lado de la pequeña, pero antes de que ella pudiera dar un salto con su único cuádriceps para encaramarse al colectivo, éste ya había comenzado a acelerar y se alejaba en la distancia. Uno a uno.

La niña coja aún no sabía que los colectivos del sur son como los vencejos del norte: pájaros que nunca pueden detenerse en tierra porque son incapaces de volver a levantar el vuelo. Y así, día tras día, la niña lo intentaba sin descanso, una y otra vez, de sol a sol, de luna a luna.

A la semana, cuanto estaba a punto de desfallecer, una sombra le susurró algo al oído que ella no entendió; estaba tan cansada que dejó que el susurro la acunara. Se desplomó en unos brazos hechos de sonido y leves tonos y sintió, en la distancia, cómo otro colectivo se acercaba, y los brazos la levantaban del suelo y la mecían, y su único pie volaba, y ruidos de puertas que se abrían y cerraban, y un tintineo de monedas, y una niña coja que se despereza en un asiento de un colectivo de esa ciudad que anhela.

Pongamos que es la línea 41. Pongamos que el colectivo no se detiene nunca y que, cada cierto tiempo, otros niños le traen empanadas y panchos y pebetes y panqueques de dulce de leche al colectivero. Pongamos que se hace de día y de noche, y la gente baja y sube, y la niña coja sonríe mientras mira por la ventana, ilusionada, aprendiendo de memoria cada ladrillo de cada casa, cada baldosa de cada acera, cada gesto de cada persona que observa día tras día, minuto tras minuto, más o menos siempre a la misma hora.

Pongamos que, al cabo de varias semanas, mientras el colectivo rueda veloz por la misma calle, la niña ve surgir de una puerta con verja una cara desconocida: la cara de un niño manco que, en su única mano, porta bártulos, telas, colores. La niña ve en los ojos de ese niño el deseo de subir al colectivo y, en su cuerpo, la ausencia de mano para pedir al colectivero que se detenga. Pongamos que la niña se enamora de él, o de su anhelo, o de sus bártulos, telas, colores, o de la puerta con verja tras la cual surgió. Y pongamos que la niña sabe que su colectivo no va a parar jamás. El niño encontrará la forma de llegar a su destino y ella ya no lo verá más. Pongamos que la niña llora y, como por arte de magia, el vencejo se posa en tierra. El colectivero se le acerca con un panqueque en la mano y la ayuda a bajar del colectivo. Pongamos que la niña sonríe porque ya cree en los milagros y porque con su única pierna -la de ella- y su única mano -la de él- empujan al vencejo lejos de la tierra para que pueda remontar el vuelo.

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