martes, 22 de febrero de 2011

En otra región

En algún lugar de una región lejana, la especie se perpetuaba de la misma forma en que lo hace aquí. Las mujeres se embarazaban y, a los nueve meses, nacía un retoño, que hacía las delicias de sus progenitores hasta que el padre comenzaba a sentirse desplazado en el corazón de su mujer. Y comenzaban las peleas.

Por extraño que parezca, y al tratarse de un pueblo poco numeroso, un día los hombres decidieron unirse y acudir al Tribunal Supremo de Justicia para que éste dictaminase cómo se podía solucionar el escollo aparentemente insalvable de las discusiones conyugales al tener hijos.

Sólo un anciano, que aún caminaba con vaqueros, se quedó fuera de la sala del Juzgado, sentado en un banco de piedra con un papelito en la mano y la mirada un tanto perdida en el sol que se ponía.

El juicio duró días y semanas, y se solicitó la comparecencia de psicólogos, médicos, enfermeras y hasta filósofos, con el fin de determinar una solución que sirviese para el bienestar futuro de toda la comunidad.
Se analizaron los celos, la envidia, los diversos mitos griegos que el psicoanálisis descubrió, la biología humana y el origen del amor; se recopilaron centenares de testimonios, presentes y pasados, de ciudadanos y parejas con hijos; se realizaron cuestionarios; se midieron coeficientes intelectuales y hasta la respuesta emocional de todos ellos ante diversos estímulos y situaciones.

Al cabo del tiempo, el juez dictó sentencia.
La sentencia fue, para nosotros, tan extraña como el propio devenir de este lugar remoto de una región lejana.
A partir de entonces y gracias a la ciencia, los hombres también se quedarían embarazados y darían de mamar a sus retoños.

Y así fue durante muchos años, en que los hombres tomaron grandes dosis de hormonas, se sometieron a complejas intervenciones y pasaron noches en vela tratando de dormir a sus bebés que succionaban embelesados.
Los más jóvenes fueron los que primero se anotaron a este boom de padres lactantes. Hombres treintañeros dispuestos a demostrar a sus parejas que ellos también podían cambiar pañales, mecer bebés, preparar papillas,...
Mientras, sus parejas, las mujeres, observaban primero con cierta curiosidad burlona y, más tarde, algo de preocupación. Las más atrevidas afirmaban sentirse un tanto desubicadas, inquietas y bastante desazonadas cuando oían llorar a la cría y era él el que corría a atenderla.
Si la biología las hizo mujeres, les dio ovulación, menstruación y pechos, ¿qué debían hacer ahora que la función biológica principal les había sido arrebatada?
Las mujeres se hicieron masculinas a pesar de sus ciclos menstruales y tomaron las empresas y el ámbito laboral como lugar de desahogo de una frustración interna que la gran mayoría no lograba comprender.
Los maridos comenzaron a reclamar bajas por paternidad para cuidar a los bebés y antepusieron la crianza a sus carreras laborales.

La sentencia incluía una fecha de revisión en la que se evaluaría el acontecer de la resolución adoptada.
Y esa fecha llegó.
Se reunieron los nietos de los psicólogos, médicos, enfermeras y filósofos que tomaron parte en el juicio inicial. Pasaron días, semanas y hasta meses de análisis, lecturas de informes, presentación de gráficos, resultados de cuestionarios y demás herramientas de medición.

El nieto del anciano con vaqueros, a su vez él otro anciano con vaqueros, se quedó fuera de la sala del Juzgado, sentado en un banco de piedra con un papelito en la mano y la mirada un tanto perdida en el sol que se ponía.

La evidencia obtenida en aquellos meses dejó perplejos a todos los presentes.
Las peleas conyugales no habían disminuido -ahora eran las mujeres las que se sentían desplazadas en el corazón de sus parejas-, pero el gasto sanitario de hormonar a tantos hombres y realizar la subsiguiente implantación del óvulo fecundado y cesárea se había multiplicado hasta niveles exorbitantes.

Los asistentes salieron desconcertados de la sala del Tribunal. Estaba claro que tendrían que encontrar otra solución: no eran un país rico y no se podían permitir tanto gasto para no obtener ningún beneficio.
Por último, salió el juez, con un rictus de preocupación en la frente y una breve lágrima aflorando para coronar el fracaso de su sentencia.
Sin pensar qué estaba haciendo, se sentó en el primer banco de la plaza que vio a su alcance, sin darse cuenta que ya había alguien sentado allí desde hacía largo rato.

El anciano con vaqueros movió lentamente la cabeza en dirección al juez y lo miró con tristeza. Cuando vio en el juez un leve signo de estar saliendo de su ensimismamiento, le tendió el papel amarillento que llevaba en la mano, el mismo papel que su abuelo materno sostuvo en la mano durante las diligencias del primer juicio.

El juez leyó: "Cuando mi hijo llegó al mundo, me sentí dichoso de haber aportado mi grano de arena para crear tanta belleza. Mi mujer lo tuvo en su vientre durante nueve meses, lo parió jubilosa en medio de gritos de dolor y le dio la leche de sus pechos aún en momentos de debilidad y enfermedad. ¿Qué podía hacer yo, más que sentirme dichoso de estar presenciando un acto de la naturaleza tan bello? ¿Qué podía hacer yo, más que protegerlos a ambos para que nada se interpusiera en una relación tan perfecta y armoniosa?"

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