viernes, 16 de diciembre de 2011

Cirkus Columbia

Danis Tanovic (Bosnia-Herzegovina-Francia-Reino Unido-Alemania-Eslovenia-Bélgica-Serbia, 2010)

Cirkus Columbia comparte el tinte de locura de las obras de Kusturica, aunque en un grado menor. Debe ser el carácter regional, la convivencia de culturas distintas en pleno corazón de Europa o el intento de sobrevivir a una realidad cuya única regla es la del azar de los juegos de dados.
Kusturica eleva a la enésima potencia lo absurdo de los embates de la vida: sus personajes deambulan ebrios, cantando, brindando y bailando por las calles sin ninguna medida mientras todo se desploma alrededor; conviven apretados en un sótano mientras unos centímetros de tierra más arriba la opulencia se derrama por toda la habitación.
Tanovic es más comedido, pero a su modo refleja en esta película el circo de la vida, un circo mucho más tragicómico y sorpresivo de lo que estamos acostumbrados a experimentar en este país en que vivimos.

No sé muy bien quién de todos los personajes es el protagonista. El desencadenante de los sucesos es Divko, el hombre que, después de veinte años en Alemania, vuelve a la casa donde vivía con su esposa embarazada. Pero vuelve para echarla. Y, de hecho, en la primera escena plenamente trágica (vendrán varias después) Divko observa desde su flamante automóvil cómo desahucian en cuestión de segundos a la que aún sigue siendo su esposa. Aquí desahucio significa: irse ahora con lo puesto y nada más; salir gritando de tu casa y dejar la comida en el fogón. El marido entra en la casa acompañado de su novia y su gato de la suerte, toma posesión y se sirve el guiso a punto de ser servido.

Yo diría más bien que todos son los protagonistas. A todos les ocurren imprevistos que transforman sus vidas o, mejor dicho, la interacción de unos con otros provoca imprevistos que los transforma sin posibilidad de retorno. La propia aldea se transforma. Mientras marido, amante, gato, mujer e hijo intentan encontrar un lugar en el lugar en el que viven (valga la redundancia), el pueblo se fragmenta en las piezas que siempre lo compusieron a veces con pena y a veces con gloria.

Todos son, de alguna forma, catalizadores en la vida de los demás. Las relaciones fluctúan con la intensidad propia de un país con muchos bandos. Cuando la guerra estalla, todos saben a qué bando pertenecieron siempre realmente, aunque haya algunos que pertenezcan a todos y olfateen con gran astucia a cuál deben rendir pleitesía en cada momento.

La película termina con una imagen de locura armónica, si es que existe tal cosa. El protagonista, Divko -un ser hasta entonces miserable-, una vez puestas las cartas sobre la mesa, decide cerrar el tapete y enfrentarse al destino. Se sube al tiovivo de su infancia -que no es otro que el tiovivo de la vida-, aprieta el botón de encendido y se deja mecer por el sonido de las bombas que estallan en el horizonte destrozando el hogar al que siempre anheló regresar.

2 comentarios:

  1. Con tus crónicas de cine, de alguna forma consigo ver las películas.

    Besitos

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  2. ¡Qué bueno, Elysa! Ya me parece bastante. Me da ánimos para seguir contándote historias :-)

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