En algún lugar de una región lejana, la especie se perpetuaba de la misma forma en que lo hace aquí. Las mujeres se embarazaban y, a los nueve meses, nacía un retoño, que hacía las delicias de sus progenitores hasta que el padre comenzaba a sentirse desplazado en el corazón de su mujer. Y comenzaban las peleas. Por extraño que parezca, y al tratarse de un pueblo poco numeroso, un día los hombres decidieron unirse y acudir al Tribunal Supremo de Justicia para que éste dictaminase cómo se podía solucionar el escollo aparentemente insalvable de las discusiones conyugales al tener hijos. Sólo un anciano, que aún caminaba con vaqueros, se quedó fuera de la sala del Juzgado, sentado en un banco de piedra con un papelito en la mano y la mirada un tanto perdida en el sol que se ponía. El juicio duró días y semanas, y se solicitó la comparecencia de psicólogos, médicos, enfermeras y hasta filósofos, con el fin de determinar una solución que sirviese para el bienestar futuro de toda la com...
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