Eran las ocho menos cuarto de la tarde y volvía a casa. Caminaba por la misma calle por la que vuelvo siempre del centro. La música procedía del edificio de la esquina, así que imaginé algún joven estudiante saxofonista practicando. Sonreí; me encanta oir ensayar cualquier instrumento: los acordes que se repiten una y otra vez son una especie de ventanas sonoras que me transportan al estado de concentración en que está sumida la persona que toca. Alegran la calle; la enriquecen como si se tratara de la banda sonora de una película; le dan densidad a las pisadas, a los cláxones, a las conversaciones breves e intrascendentes de los encuentros casuales. Miré hacia las ventanas del edificio como si pudiera ver las notas saliendo de algún piso. Quizás el segundo, que tenía los cristales entreabiertos; de ninguna manera el tercero, que estaba cerrado a cal y canto. Sin embargo, según me acercaba, parecía que el músico estuviese sentado en la acera: la música se expandía a ras de suelo. ...
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