El día más importante de mi vida comenzó como cualquier otro. Abrí los ojos a las nueve de la mañana, me senté en la cama, hice ejercicios de cuello y brazos para desentumecerlos, caminé hasta la ventana, descorrí las cortinas, subí las persianas, hice la cama y preparé la bañera con mucha espuma y mi aroma preferido de naranja con canela. Me gusta empezar los días al revés: el baño relajante con lectura incluida antes siquiera de abrir la puerta de la habitación y aventurarme en el mundo exterior. Ese día, mientras mi piel arrugada por la edad se arrugaba aún más con el agua, leí el final de "El Quijote". "Por fin", pensé cerrando la tapa del libro, "toda la vida queriendo leerlo de cabo a rabo. Ahora ya puedo morirme tranquila", bromeé mientras me untaba una crema que prometía reafirmar un cuerpo que llevaba ochenta y cinco años sobre la tierra. En el mismo momento en que estaba girando el manillar de la puerta, el teléfono comenzó a sonar. "M...
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