En la puerta del ciber que se encuentra al 1600 de la avenida Pueyrredón, entre Beruti y Juncal, hay una ancianita con panties gruesos de color carne, vestido liviano y una chaqueta de punto gordo color rosa, sentada en una silla de playa. Cada mediodía, cuando emprende el regreso a la casa después de varias horas de pedir limosna, recoge la silla, abre la puerta del ciber oscuro, con olor a cigarrillo y música estridente, y, saludando a los adolescentes que cuidan el local, la aparca en un rincón justo al lado del mostrador. La viejita, llamémosla Rosita, trabaja sentada en su silla desde temprano y, a pesar de la edad ya olvidada, nos mira a los transeúntes con expresión de vernos y, al cabo de varios días, reconocernos. Nos mira pasar, con nuestras prisas, con nuestros bolsos repletos de cuadernos, papeles, maquillajes, perfumes y pañuelos, y sonríe directamente a nuestros ojos, como si supiera de nuestros pesares y quisiera aliviarnos. Al cabo de varias mañanas de pasar rauda a...
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